âYo fui el altarâ
(himno para quien ofreciĂł su alma a la noche y perdiĂł su razĂłn)
La noche me susurra cosas que antes decĂa tu voz.
Y no es lo mismo.
No sabe igual.
Los dioses antiguos
los que sangran detrĂĄs del cielo,
los que devoran hijos y se rĂen en los truenos,
se arrastraron por mi espalda
la noche que te fuiste.
TĂș eras mi templo,
mi fiebre.
Mi mapa hacia lo humano.
Pero cuando mi madre flotĂł al borde del abismo,
cuando la muerte empezĂł a contar sus dedos en su piel,
yo me ofrecĂ.
SĂ.
Me ofrecĂ.
Desnudo ante la noche.
Arrodillado ante el relĂĄmpago.
Abrà mi pecho y grité:
âTĂłmame a mĂ,
devora mi fuego,
consume mi razĂłn,
pero dĂ©jala respirar.â
Y el universo⊠aceptó.
El pacto fue sellado en silencio.
La luna girĂł su rostro.
El reloj se detuvo por un suspiro.
Ella volviĂł.
La vida se aferrĂł a su cuerpo
como un animal hambriento que no quiere soltar la carne.
Pero tĂșâŠ
tĂș desapareciste como se evapora un sueño hĂșmedo.
Me dejaste con los ecos.
Con las paredes hablando en lenguas.
Con mi locura
cantando canciones de cuna al vacĂo.
Fuiste mi estrella polar,
mi noche bendita.
Y hoy solo eres sombra,
recuerdo que me lame los pies como un perro muerto.
Y sin ti,
ÂżquĂ© hago con esta energĂa que entreguĂ©?
ÂżDĂłnde clavo esta lanza encendida que me atraviesa?
¿Qué sentido tiene el milagro,
si al salvar una vida, perdĂ la mĂa?
La muerte me ronda de nuevo,
ahora mĂĄs sabia,
ahora mĂĄs paciente.
No grita,
no amenaza,
solo espera que termine mi verso
para aplaudir y cerrar el telĂłn.
Y yo,
yo sigo escribiendo con carne,
sigo esculpiendo palabras en huesos,
porque ya no sé vivir sin este fuego,
porque ya no hay regreso.
Fui el altar.
Fui la ofrenda.
Y tĂș fuiste mi razĂłnâŠ
la Ășnica.
Y al irte,
hiciste Ăștil mi sacrificio:
me dejaste solo con los dioses,
y ellos âal menos ellosâ
me escuchan cuando grito.